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sábado, 29 de octubre de 2011

Cita de Darwin



"Es interesante contemplar una ribera enmarañada, revestida de multitud de plantas de muchas clases, con aves cantando en los matorrales, con insectos diversos revoloteando y con gusanos que se arrastran por entre la tierra húmeda; y reflexionar que estas formas primorosamente construidas, tan distintas entre sí y que dependen unas de otras de manera tan compleja, han sido todas producidas por leyes que actúan en derredor nuestro….Así, de la guerra de la naturaleza, del hambre y de la muerte, se sigue la producción de los objetos más elevados que somos capaces de concebir, a saber, la producción de los animales superiores. Hay grandeza en la concepción de que la vida, con sus diversos poderes, se insufló originalmente en unas pocas formas o en una sola; y mientras este planeta ha ido girando según la ley inmutable de la gravitación, a partir de un comienzo tan sencillo evolucionaron y siguen evolucionando incontables formas, cada vez más bellas y maravillosas."
                 
                   CHARLES DARWIN. El origen de las especies (1859)

domingo, 4 de septiembre de 2011

El amor. Una mirada evolutiva



El ansia por establecer vínculos sexuales es el más poderoso de nuestros deseos. Además, el anhelo por conquistar a la pareja, o el miedo a perderla supone una de las más habituales y profundas angustias que han inspirado a la mayoría de artistas de todos los tiempos y culturas.

Coger su mano, reír juntos, fundir los cuerpos mientras una suave brisa los envuelve son conductas que el enamorado experimenta  acompañado por un rio de moléculas que inunda los centros de placer de su cerebro. Recordar su voz, o su sonrisa basta para derramar un remolino de placer, una tormenta que sube desde el estómago hasta el mismo centro del alma. El amor desata la euforia y la energía y te hace más vitalista, optimista y sociable.  La razón está en que procede de una necesidad evolutiva de nuestros antepasados de hace unos cuantos millones de años.  

Fue el bipedismo el que originó una serie de cambios físicos y mentales que nos separaron de los primates y que ocasionaron la cascada de acontecimientos que permitieron la aparición de nuestra especie y marcaron su naturaleza.
Desarrollamos un pie que permitía sostenernos erguidos, y su pulgar dejó de ser oponible. La pelvis y la cadera cambiaron su forma  y tamaño.
El ritmo respiratorio se independizó del  paso, facilitando la regulación de la respiración y del habla. La lengua y la faringe se hundieron más abajo y los cambios en la laringe favorecieron la gran variedad de sonidos que permitió la aparición del lenguaje.
Manos libres para llevar comida y palos, el pulgar oponible y más largo y con mucha movilidad  permitieron el movimiento de pinza con todos los demás dedos. También se desarrolló una gran sensibilidad en las yemas de los dedos y  una coordinación motora extraordinaria.
Homo habilis hace 2 m.a. ya tuvo las manos plenamente funcionales para el manejo de utensilios que le hizo dominar la caza. Esto trajo consigo el aumento progresivo del cerebro, especialmente de la corteza frontal y una mayor sociabilidad. Esta característica fue determinante, y marcaria la dirección evolutiva que condujo a la aparición de Homo sapiens.
Como el canal del parto era más estrecho a causa del bipedismo, parir se hizo más difícil y los bebes humanos tenían que nacer prematuros e indefensos, por tanto, había que ocuparse de ellos durante mucho tiempo. El cerebro de un bebé es menos de la cuarta parte del cerebro adulto, y tiene un largo proceso de maduración por delante.

Los primeros homínidos se atraían el tiempo suficiente para copular y reproducirse, pero era ventajoso permanecer unidos ayudándose a la hora  de proporcionar alimentos y seguridad frente a los intrusos. Además, enseñar habilidades durante la larga infancia en que el vástago está desprotegido era una adaptación que siguieron los homínidos de los últimos cuatro millones de años para resguardar su ADN.  Por eso tener un fuerte vínculo de apego y cariño entre la pareja de humanos fue esencial en nuestros antepasados de las praderas africanas; y ellos nos transmitieron esa química cerebral que nos apasiona y nos anima a crear parejas estables. Anticipar futuros estados de complicidad y de placer con una pareja fue un imperativo hormonal de los adolescentes durante miles de generaciones. En ellos se encuentran las raíces del amor

También es verdad que la tendencia a desparramar los genes y a aumentar la variabilidad genética impulsa a la infidelidad o a crear nuevas parejas que explican la alta tasa de separaciones y la erosión del amor con los años. Pero esta es otra cuestión.


sábado, 13 de agosto de 2011

Determinismo, libre albedrío y responsabilidad

 Dios no juega a los dados con el Universo
                            A. Einstein









"Las decisiones de la mente no son nada salvo deseos, que varían según varias disposiciones puntuales".
"No hay en la mente un absoluto libre albedrío, pero la mente es determinada por el desear esto o aquello, por una causa determinada a su vez por otra causa, y ésta a su vez por otra causa, y así hasta el infinito."
 "Los Hombres se creen libres porque ellos son conscientes de sus voluntades y deseos, pero son ignorantes de las causas por las cuales ellos son llevados al deseo y a la esperanza
                                                                                                                                   Spinoza

Los seres humanos tenemos una sensación clara del “yo” que nos distingue del resto de seres que nos rodean. Esta  experiencia se acompaña de la sensación de agencia, esto es, nos hacer sentir causantes de gran parte de los  movimientos de nuestros músculos esqueléticos. Por esta razón, los libros de texto presentan con el nombre de sistema nervioso voluntario a los nervios relacionados con estos músculos.
 Junto a esta experiencia del “yo” el ser humano ha desarrollado lo que los científicos llaman Teoria de la Mente, que consiste en que somos capaces de atribuir las mismas sensaciones  que nosotros experimentamos a  nuestros semejantes. Estas experiencias, relacionadas con las “neuronas espejo”, hacen comprensibles los sentimientos de empatía que tenemos con nuestros congéneres. Nuestro cerebro desarrolló a lo largo de la evolución la vivencia de que existen fenómenos naturales que ocurren en nuestro alrededor y  procesos mentales que ocurren en nuestro interior , es decir, procesos físicos y procesos psíquicos  o dicho de otra forma, mundo y mente . Resulta muy complicado la admisión por parte de los humanos de que la mente es el resultado de procesos cerebrales que están formados por materia similar a la del resto del Universo. De ahí que se pueda considerar al ser humano dualista por naturaleza, y por esto el dualismo mente-cuerpo que popularizó Descartes hace unos cuantos siglos continúa instalado en la actualidad en la mayoría de los humanos.
Por tanto, nuestro cerebro experimenta de manera muy clara la vivencia subjetiva de un “yo” que habita en nuestro cuerpo y que elige la conducta que ha de ejecutar en cada momento. Percibimos que cada una de estas decisiones del “yo” no está causada por ningún acontecimiento físico previo, es decir, carece de causa alguna. De esta manera, queda intacta la idea de que el ser humano posee un alma libre y responsable que puede construir su futuro. Esta idea constituye la base más sólida sobre la que se construyen las más diversas ideologías o religiones , y que por tanto,  es muy difícil de erosionar.  Pero el intento de entender la naturaleza humana por parte de las neurociencias cuestiona muchas de nuestras creencias, por mas contrarias que nos parezcan a nuestras intuiciones más básicas.
La comprensión de la naturaleza humana en términos biológicos siempre ha provocado fuertes rechazos porque puede eliminar el concepto de responsabilidad personal en que se basa nuestro sistema judicial. Parece como si atribuir las causas de nuestras conductas  al cerebro, los genes, o  nuestro pasado evolutivo, aparte de  ofrecer  una visión monstruosa de nuestra condición deja al individuo sin  responsabilidad en sus acciones. ¿Cómo podemos culpar a alguien si esta obedeciendo ciegamente a un gen determinado o a una amígdala reducida?. ¿Cómo castigar a alguien cuya conducta está dirigida por la actividad de sus lóbulos frontales, los cuales tienen una pequeña deficiencia que le impiden actuar de otra forma? Incluso la tradición psiquiátrica tiende a distinguir entre enfermedades neurológicas o del cerebro, consideradas como trágicas patologías que corroen la responsabilidad de sus portadores, y enfermedades psicológicas, o mentales, donde las alteraciones emocionales o mentales son errores de los individuos y  culpables de una supuesta falta de fuerza de voluntad. El caso más famoso en este sentido es el de Phineas Gage, pero también están bien documentadas conductas muy violentas relacionadas con pequeños tumores en determinados lugares del cerebro (Antonio Damasio o Eagleman ilustran este y otros casos de manera muy detallada).
Hay que hacer notar que, si estas conductas muy lejanas de la normalidad están determinadas por nuestra química cerebral, no hay razón para suponer que las conductas consideradas más comunes no estén asimismo causadas por nuestro cerebro.
Este determinismo biológico tiene su contrapartida en el determinismo medioambiental. También podemos encontrar un amplio abanico de causas  que pueden llevar a disminuir  la responsabilidad de nuestras conductas.  Si la causa recae en los medios de comunicación, los malos tratos en la infancia, la educación por parte de los padres parece que se exculpe al individuo de sus actos.  Siempre puede uno excusarse en las sustancias que tomó la madre durante el embarazo, las malas compañías, los malos vicios, o en general a la sociedad como máximo responsable de nuestro comportamiento . La lista de atenuantes que los abogados defensores intentan buscar  puede llevar a situaciones graciosas como la que apareció en una viñeta en el New Yorker hace unos años refiriéndose a las declaraciones de una mujer defendiéndose  ante un tribunal : “Es verdad, mi marido me pegaba por la infancia que tuvo; pero yo le maté por la que tuve yo”.
En realidad, podemos decir que nuestros actos tienen una causa, mal si no la tuvieran, que a su vez depende de una gran complejidad de factores biológicos o ambientales en compleja interacción. Lo que no podemos aceptar es que nuestra conducta no tiene ninguna causa, o que la causa es un extraño ente inmaterial que influye sobre los procesos cerebrales y que ningún neurocientífico ha encontrado la mas mínima señal.
En mi opinión, esta contraposición entre determinismos, encuadrada en el  anticuado debate entre naturaleza y educación, o entre biología y cultura quedaría anulado por una postura determinista cosmológica.  Es decir, la conducta de los animales es el resultado de un programa genético que se construye a sí mismo en continua interacción con su entorno, y de acuerdo con las mismas leyes que rigen la materia. Este programa genético puede modificarse a lo largo de la trayectoria vital del organismo por los estímulos procedentes del entorno. De acuerdo con la psicología evolucionista, la conducta humana es el resultado del complejo engranaje molecular de nuestro cerebro, diseñado por la evolución para solucionar los problemas de nuestros ancestros. Para los humanos tener un cerebro muy grande que le permita una flexibilidad y una gran variabilidad en sus  respuestas supone una buena ventaja a la hora de aprovecharse de una desigual distribución de los recursos.
 Pero la diferencia respecto de un gusano o una rana es de grado, no de sustancia, y por esto, actuamos movidos por deseos que regulan nuestro cuerpo y que están sometidos a las mismas leyes deterministas que gobiernan el cosmos.
Por tanto el concepto de libre albedrío es una pura ficción cerebral. Tenemos grados de libertad para hacer lo que queramos (más que una ameba, un ratón o un gorila), pero ninguna libertad para querer lo que queramos. Esto no es contradictorio con que nuestra experiencia de decidir es un proceso real con la función de seleccionar diferentes opciones de acuerdo con las previsibles consecuencias que tienen para el organismo; y por tanto nos debemos comportar “como si” tuviéramos libre albedrio, aunque éste sea una ilusión del cerebro.  Nos sentimos agentes de la conducta aunque tan solo se trata de conocimiento o conciencia de haber realizado dicha conducta. Es decir, el cerebro actúa y luego cree que ha sido su voluntad la impulsora de dicha acción, o lo que es lo mismo, actúa y luego cree que hubiera podido elegir otra opción;  aunque ya no es posible retroceder.  Los defensores de una supuesta libertad humana incondicional rechazan el hecho de que nuestras acciones estén causadas  pero no se me ocurre como puede mejorar la cosa si la causa es el puro azar o no existe ninguna causa.
Esta visión acarrea para algunos el problema de la negación de la responsabilidad personal, pero en mi opinión no quedará reducida sino definitivamente clarificada. La explicación de una conducta no significa la exculpación de la misma.  En la actualidad se intenta evitar la responsabilidad de las conductas muy desviadas bajo una gran diversidad de explicaciones  biológicas o ambientalistas que inundan de confusión el debate. 
La responsabilidad moral se convertiría así en una convención, es decir, en una serie de normas que garanticen y optimicen el bien común. El castigo cumple la función de apartar a los transgresores del resto de la sociedad y de servir de ejemplo para disuadir de conductas similares al resto de ciudadanos. Las conductas que se consideren merecedoras de un castigo, por desviarse de las normas establecidas por la sociedad para mejorar la convivencia,  responsabilizaran, por definición,  a los individuos que realicen dichas conductas.
Así pues, el determinismo cosmológico y la inexistencia del libre albedrío no están reñidos con el concepto de responsabilidad, y el concepto de defensa social es el punto central de esa moralidad basada en convenciones. Es la única salida que se me ocurre a la famosa guillotina de Hume:  “ o bien nuestros actos están determinados, en cuyo caso no somos responsables de ellos, o bien, son el resultado de sucesos aleatorios, en cuyo caso no somos responsables de ellos”.

domingo, 31 de julio de 2011

libre albedrio (II)

“llamamos libre albedrío al desconocimiento de las causas de nuestro comportamiento”.
                                                                                                   Spinoza

Estoy delante de un delicioso helado de chocolate y tengo que tomar la decisión de comérmelo o no. En mi deliberación compiten el deseo de darle un mordisco –mis mensajeros químicos me indican la sensación de hambre- y unos mensajes cerebrales que indican que debo controlar el colesterol o el sobrepeso. Yo no soy consciente del proceso de deliberación, pero de repente dejo el helado en el congelador, y pienso: “he hecho lo que he querido”.
En realidad, mi cerebro ha actuado de forma inconsciente y después me ha transmitido la sensación de haber actuado de manera voluntaria. No hace falta recurrir a ningún ente imaginario e inmaterial que toma decisiones y que viola las leyes de la física. En todas las conductas actúan mecanismos similares, más o menos complejos, pero igual de determinados. Las causas de las conductas están en las complejas interacciones neurales que dependen del programa genético con el que uno nace y de su continua interacción con el entorno durante toda la trayectoria vital.
La mecánica cuántica no tiene nada que ver en este asunto y las neurociencias  han descartado definitivamente el dualismo entre mente y materia. Todo está causado por una inconmensurable cadena de causas que rigen el destino del Universo. Este determinismo cosmológico elimina el problema del anticuado debate entre determinismos genéticos y ambientales que llenan de confusión el tema de la responsabilidad moral. El problema es que muchos de los llamados científicos sociales deberán descartar el dualismo de su compleja y vacía charlatanería.

miércoles, 27 de julio de 2011

Psicologia evolucionista

Darwin tuvo mucho cuidado de no hablar del hombre en su obra sobre el origen de las especies. Intuía la conmoción que produciría la inclusión del ser humano en el proceso evolutivo. El codescubridor del mecanismo de la selección natural, Alfred Russell-Wallace, se negó a aceptar la idea de que nuestras facultades cognitivas superiores pudieran explicarse por la evolución. Posteriormente, Darwin, convencido de que la diferencia entre los humanos y las demás especies no era de sustancia sino de grado, se atrevió, en “La expresión de las emociones en los animales y en el hombre” y en “El Origen del Hombre”, a proponer explicaciones evolucionistas de nuestras conductas.


Tras el desarrollo del neodarwinismo a lo largo del siglo XX, nadie se atrevía a negar, al menos en ámbitos ilustrados, que nuestro diseño corporal fuera un producto de la selección natural, pero la mente humana  se resistía a ser analizada en términos evolutivos.

El surgimiento de la etología y la sociobiología, a mediados del siglo XX, provocaron encendidos debates  y los ataques se sucedieron contra todo aquel que sugiriese que nuestra mente obedecía los dictados de la naturaleza. Cualquier acercamiento evolutivo al estudio de la psique humana era tachada de reduccionismo y de determinismo genético. La resistencia desde diversas ciencias sociales o biológicas a aceptar las explicaciones evolutivas de la naturaleza humana abrieron acaloradas discusiones teñidas de política donde solo debió haber debate filosófico o científico. Las implicaciones de estos estudios  son muchas y profundas, aunque sea complicado admitirlas porque apuntan directamente a nuestro orgullo.
Fue a finales del siglo pasado (1992), con la publicación de un libro ,The Adapted Mind, de John Tooby, Leda Cosmides y Jerome Barkow, que empezó a postularse la Psicología Evolucionista (PE) como una perspectiva necesaria para el estudio de la mente humana.
Entender al ser humano es entender sus orígenes y la verdadera revolución darwiniana consiste en comprender que no solo sus atributos físicos sino también los mentales y comportamentales se originaron como respuesta a presiones selectivas de supervivencia.
Es en el siglo XXI cuando este nuevo enfoque está tomando fuerza a la hora de explicar no solo nuestros deseos y nuestras pasiones, sino también nuestras relaciones sociales y políticas.
Su punto de partida es sencillo: Nuestros circuitos neurales han sido diseñados por selección natural para resolver los problemas a los que se enfrentaron nuestros ancestros durante su historia evolutiva.
También en este siglo,  las neurociencias han pasado de ser el estudio anatómico y funcional de las neuronas y del cerebro a estudiar la conducta y la condición humana.  Su desarrollo, junto al de la psicología evolucionista  ha penetrado en el mundo de las ciencias sociales y les ha arrebatado su visión ambientalista según la cual el hombre es una tabla rasa en el momento del nacimiento siendo la sociedad la que va configurando su mente.
La resistencia a la PE sigue siendo intensa en círculos intelectuales y políticos, pero su  fusión con las neurociencias en el presente siglo nos arrojará una inesperada  luz sobre el estudio del hombre y su psique. Puede que algunas de las ilusiones más ancladas en nuestro espiritu estén a punto de desmoronarse.

domingo, 17 de julio de 2011

Vía lactea


Entender la vida como fragmentos de materia que extraen orden de su entorno y así se perpetúan en el tiempo. Fragmentos de materia que desde un rincón de la Vía láctea son capaces de reflexionar sobre sí mismos. La única manera de concebir este singular misterio es aceptando un imperativo cósmico. Unificar la armonía del Universo y la naturaleza humana. Entender la vida como un experimento singular de Dios.

martes, 5 de julio de 2011

El conatus o la voluntad de vivir.


¿Como explicar la clara y obstinada insistencia en el crecimiento ordenado de un ser vivo desde las instrucciones genéticas que contiene el núcleo de un zigoto?

¿Qué es, en realidad, la “voluntad de vivir” instintiva que posee un mamífero recién nacido que le impulsa a chupar tras un leve contacto con el pezón de su madre?



Spinoza lo intuyó hace unos cuantos siglos con el concepto de “conatus” (esfuerzo, empeño,  impulso, inclinación, tendencia): “…cada criatura, en la medida que puede por su propio poder, se esfuerza para preservar en su ser…”.   “…el empeño mediante el que cada criatura se esfuerza para preservar en su ser no es otra cosa que la esencia real de la criatura.” (Proposiciones 6, 7 y 8. Ética, parte III)

Esta idea puede considerarse precursora del moderno concepto de “autopoiesis” que hace referencia a la propiedad de los seres vivos de construirse a sí mismos “Los seres vivos son redes de producciones moleculares en las que las moléculas producidas generan con sus interacciones la misma red que las produce” (Maturana).
También en la actualidad Damasio busca a Spinoza en su magnifico libro “En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos” para explicar la tendencia al equilibrio homeostático que cumplen las emociones y los sentimientos intentando conseguir el estado de bienestar.

Así pues, desde la biología actual, el conatus puede entenderse como una serie de circuitos cerebrales y de señales químicas y electroquímicas que gestionan de manera eficaz la regulación de la vida. Los seres vivos nacen con dispositivos neurobiológicos congénitos diseñados para mantenerse en el tiempo y resolver automáticamente los problemas “vitales” (encontrar fuentes de energía que conserven su estructura y autorregulen su medio interno).

Se empeñan, aún sin intervenir la conciencia, en preservarse en el tiempo, en sobrevivir.