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lunes, 2 de febrero de 2026

DESPRENDIMIENTO

 

Camino mientras pienso y le hablo al dispositivo que llevo en la mano. Vuelvo una y otra vez al origen de todos los conflictos, que no está en la política ni en la cultura, sino en la primitiva lucha bioenergética del reino animal.


Las plantas no hacen más que esperar la luz del sol. Los hongos, aunque ya respiradores aeróbicos, permanecen inmóviles en el sustrato, aguardando a que aparezca materia orgánica muerta para descomponerla y utilizar su combustible. Los animales, en cambio —incluso algunos microorganismos— comenzaron a devorar a otros seres vivos para sobrevivir. Desde ahí, la paz quedó descartada.


Se inició entonces una carrera evolutiva sin freno: innovaciones defensivas para no ser capturado generaban nuevas innovaciones ofensivas para capturar mejor, y estas, a su vez, exigían defensas más complejas. Un bucle perpetuo de retroalimentación que hizo la vida más diversa, más sofisticada… y más conflictiva. Ahí empieza todo: presa y depredador, defensa y ataque, dopamina y estrategia. Antes que la moral, antes que los derechos, antes que el lenguaje.


De esta singularidad bioenergética surge el deseo de más alimento, la ansiedad reproductiva, la acumulación de recursos. De ahí el dinero como símbolo abstracto del alimento futuro y el sexo como mandato químico que utiliza la belleza para empujarnos a replicar. El lenguaje no cambió esta lógica primitiva; solo la sofisticó.


Los humanos estamos demasiado ocupados con nuestras rutinas y conflictos como para ver el mecanismo que nos gobierna. Pero con la vejez puede aparecer algo distinto: la renuncia, el ascetismo, la comprensión de que el tiempo todo lo allana. Y entonces surge la posibilidad del desprendimiento: una desactivación progresiva del imperativo reproductivo.


Sigo viendo la belleza, cómo no, pero ya no me engaña. Sé que es un truco antiguo, eficaz, brillante y ajeno a cualquier sentido último. Y en ese saber hay una calma elegante y extraña. No es huida del mundo, sino aflojamiento de sus garras.


Los conflictos humanos no nacen, pues, en la política ni en la cultura, sino en esta condición elemental de la respiración aeróbica y su imperativo de replicación. Vivimos de la materia orgánica de otros seres vivos y, desde ese instante, la vida se organizó alrededor del conflicto por el alimento y por el éxito reproductivo. De ahí nacen la estrategia, la emoción, la dopamina, el miedo, la agresión y, más tarde, el dinero, la guerra, la política y el desasosiego.


Nada de esto es nuevo. Lo importante es verlo con claridad para aceptar, resignarse y desprenderse. Disfrutar de un cuerpo que ya no está para grandes batallas, pero que aún puede sentir un placer sereno ante algunas maravillas reservadas al reino animal. No solo del sol puede vivir un hombre.


Hoy empiezo a sentirme desprendido de este mandato antiguo. El deseo, la ambición, la búsqueda de pareja, incluso el dinero, empiezan a perder su urgencia. No porque niegue su origen biológico —al contrario, lo comprendo demasiado bien—, sino porque al reconocerlo deja de gobernarme del todo. La belleza sigue ahí, el placer también, pero ya no prometen nada: son lo que siempre fueron, herramientas evolutivas al servicio de la reproducción.


Si entiendes que el mundo es indiferente a ti, que muchos sueños no podían cumplirse, que el tiempo todo lo diluye y lo iguala, tal vez la vejez no sea una decadencia, sino una forma tardía de lucidez. El momento en que el impulso químico afloja y permite mirar el mundo sin la presión de tener que perpetuarse.


No hay consuelo metafísico. El misterio persiste —por qué y para qué—, pero el ruido disminuye. Y en este silencio parcial puedo, por fin, caminar un poco más ligero, con una leve sonrisa que hace más amable este paseo frente al mar.



Postdata


Josep Pla intuía algo parecido desde la experiencia, no desde la biología. En El cuaderno gris y en otros textos dejó caer, con su ironía seca, que el deseo sexual podía ser una tiranía de la juventud y que la vejez, lejos de ser solo una pérdida, quizá fuera una tregua. Un alivio. La posibilidad de mirar el mundo sin la ansiedad constante de la comedia sentimental.


No es una idea muy popular en tiempos de juventud prolongada, cuerpos exhibidos y vitalidad obligatoria. Pero quizá Pla tenía razón: liberarse del mandato erótico no como una derrota, sino como una ganancia. Una forma discreta de descanso.