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jueves, 5 de febrero de 2026

MÚSICA

 




Ayer fui a un concierto para adolescentes con mi hija adolescente. Si ella me dice “ven”, yo voy. Esperaba ver a muchos padres acompañando a sus hijos, pero no: era prácticamente el único con más de veinticinco años. Hicimos una cola de más de cuatro horas para situarnos cerca del escenario. Nada tenía que ver con los conciertos que yo había visto, ni con mis gustos musicales, y ni siquiera había una banda acompañando al cantante. No importa si me gustó o no.


Presencié allí exactamente lo mismo que en los conciertos de mi adolescencia, hace ya varias décadas: cuerpos sincronizados, canciones y emociones cantadas, lloradas y compartidas por cientos de adolescentes vibrando al borde del júbilo y del éxtasis. Comprobé, una vez más, que la música no se juzga, se vive; que no es un adorno cultural ni una cuestión de “buen gusto”, sino una tecnología emocional primitiva, potentísima y universal.


La música funciona como pegamento emocional y sincronizador social. No importa si es pop británico, rock duro o sinfónico, si es un cantante melódico italiano o reguetón: lo que importa es que alinea cuerpos, voces, emociones y memorias. Lo que sucedía con Elvis o con los Beatles ocurrió con Pink Floyd y ocurre hoy con Bad Bunny o cualquier DJ de moda. Y en todas las culturas. Por eso no tiene mucho sentido decir “esto no es música buena”.


Es cierto que, además de estas experiencias colectivas, existe el virtuosismo, el dominio de los instrumentos y de la voz, cuestiones técnicas y artísticas que hacen avanzar el arte musical por sendas nuevas. También hay intereses artísticos y otros casi exclusivamente comerciales, lo que ustedes consideren. Pero no hay que olvidar la emoción como criterio, ni el hecho de que la música es, también, un ritual adolescente eterno.


De vuelta a casa, ya en mi coche y con mi música y mi mundo, puse mi historia musical, mi lista de canciones: apareció Morrissey, Morricone, una maravilla de The Beatles llamada Golden Slumbers, The Carpet Crawlers de Génesis, Jon & Vangelis, y Nino Bravo. Una prueba más de cómo la música está anclada a la biografía: forma parte del recorrido sentimental de cada uno y del contexto en el que fue escuchada, en los mejores días o en los más amargos.


Antes de entrar en casa sonó un tema de un cantante que pertenece a mi época actual. Me hizo vibrar de emoción y lo voy a recomendar aquí: Let Babylon Burn. Prueben a escucharlo.


Así que el amor paternal me sirvió esta vez como experiencia estética y como fuente de reflexión acerca de un ritual universal que vi de cerca, pero desde fuera.


Quizá la música sea un arte que, además, es una tecnología emocional que cada generación vuelve a usar para decir lo mismo: estoy aquí, no estoy solo, esto que siento es real.


lunes, 2 de febrero de 2026

DESPRENDIMIENTO

 

Camino mientras pienso y le hablo al dispositivo que llevo en la mano. Vuelvo una y otra vez al origen de todos los conflictos, que no está en la política ni en la cultura, sino en la primitiva lucha bioenergética del reino animal.


Las plantas no hacen más que esperar la luz del sol. Los hongos, aunque ya respiradores aeróbicos, permanecen inmóviles en el sustrato, aguardando a que aparezca materia orgánica muerta para descomponerla y utilizar su combustible. Los animales, en cambio —incluso algunos microorganismos— comenzaron a devorar a otros seres vivos para sobrevivir. Desde ahí, la paz quedó descartada.


Se inició entonces una carrera evolutiva sin freno: innovaciones defensivas para no ser capturado generaban nuevas innovaciones ofensivas para capturar mejor, y estas, a su vez, exigían defensas más complejas. Un bucle perpetuo de retroalimentación que hizo la vida más diversa, más sofisticada… y más conflictiva. Ahí empieza todo: presa y depredador, defensa y ataque, dopamina y estrategia. Antes que la moral, antes que los derechos, antes que el lenguaje.


De esta singularidad bioenergética surge el deseo de más alimento, la ansiedad reproductiva, la acumulación de recursos. De ahí el dinero como símbolo abstracto del alimento futuro y el sexo como mandato químico que utiliza la belleza para empujarnos a replicar. El lenguaje no cambió esta lógica primitiva; solo la sofisticó.


Los humanos estamos demasiado ocupados con nuestras rutinas y conflictos como para ver el mecanismo que nos gobierna. Pero con la vejez puede aparecer algo distinto: la renuncia, el ascetismo, la comprensión de que el tiempo todo lo allana. Y entonces surge la posibilidad del desprendimiento: una desactivación progresiva del imperativo reproductivo.


Sigo viendo la belleza, cómo no, pero ya no me engaña. Sé que es un truco antiguo, eficaz, brillante y ajeno a cualquier sentido último. Y en ese saber hay una calma elegante y extraña. No es huida del mundo, sino aflojamiento de sus garras.


Los conflictos humanos no nacen, pues, en la política ni en la cultura, sino en esta condición elemental de la respiración aeróbica y su imperativo de replicación. Vivimos de la materia orgánica de otros seres vivos y, desde ese instante, la vida se organizó alrededor del conflicto por el alimento y por el éxito reproductivo. De ahí nacen la estrategia, la emoción, la dopamina, el miedo, la agresión y, más tarde, el dinero, la guerra, la política y el desasosiego.


Nada de esto es nuevo. Lo importante es verlo con claridad para aceptar, resignarse y desprenderse. Disfrutar de un cuerpo que ya no está para grandes batallas, pero que aún puede sentir un placer sereno ante algunas maravillas reservadas al reino animal. No solo del sol puede vivir un hombre.


Hoy empiezo a sentirme desprendido de este mandato antiguo. El deseo, la ambición, la búsqueda de pareja, incluso el dinero, empiezan a perder su urgencia. No porque niegue su origen biológico —al contrario, lo comprendo demasiado bien—, sino porque al reconocerlo deja de gobernarme del todo. La belleza sigue ahí, el placer también, pero ya no prometen nada: son lo que siempre fueron, herramientas evolutivas al servicio de la reproducción.


Si entiendes que el mundo es indiferente a ti, que muchos sueños no podían cumplirse, que el tiempo todo lo diluye y lo iguala, tal vez la vejez no sea una decadencia, sino una forma tardía de lucidez. El momento en que el impulso químico afloja y permite mirar el mundo sin la presión de tener que perpetuarse.


No hay consuelo metafísico. El misterio persiste —por qué y para qué—, pero el ruido disminuye. Y en este silencio parcial puedo, por fin, caminar un poco más ligero, con una leve sonrisa que hace más amable este paseo frente al mar.



Postdata


Josep Pla intuía algo parecido desde la experiencia, no desde la biología. En El cuaderno gris y en otros textos dejó caer, con su ironía seca, que el deseo sexual podía ser una tiranía de la juventud y que la vejez, lejos de ser solo una pérdida, quizá fuera una tregua. Un alivio. La posibilidad de mirar el mundo sin la ansiedad constante de la comedia sentimental.


No es una idea muy popular en tiempos de juventud prolongada, cuerpos exhibidos y vitalidad obligatoria. Pero quizá Pla tenía razón: liberarse del mandato erótico no como una derrota, sino como una ganancia. Una forma discreta de descanso.


sábado, 24 de enero de 2026

EMOCIÓN EN EL TIEMPO



En la conocida paradoja de Teseo se pregunta si un barco al que, con el tiempo, se le han ido cambiando todas las piezas continúa siendo el mismo barco. 

Por otro lado, en la famosa frase de Ortega y Gassetyo soy yo y mis circunstancias” cabe preguntarse quién es ese yo. Ese yo es tu memoria, tus recuerdos. Tu identidad.


Nuestras células también son reemplazadas varias veces a lo largo de nuestra vida, e incluso puede sustituirse algún órgano entero, y sin embargo seguimos teniendo el mismo sentimiento de identidad. Ahora bien, si cambiáramos el cerebro, con hipocampo incluido, del cuerpo de X por otro cerebro, pasaría a ser otro con el cuerpo de X. La identidad viene ligada al cerebro y a las memorias, atadas a las emociones a lo largo del tiempo. En el barco de Teseo eso no ocurre.


En el barco de Teseo no hay experiencia acumulada. No hay memoria ni emoción. Solo piezas.


El cerebro humano no es muy diferente del de cualquier otro simio, pero sí funciona de manera distinta. Somos los únicos que desarrollaron un lenguaje y una capacidad de abstracción: entender conceptos y olvidar los detalles. Incluso tenemos neuronas concepto, las llamadas neuronas Jennifer Aniston, en el hipocampo, descubiertas por Rodrigo Quian Quiroga, que no se han observado en otras especies.


Responden a conceptos, a abstracciones y olvidan los detalles concretos.

Así se cimenta la memoria. Así se ordena el mundo. Y en eso consiste el pensamiento científico, exclusivo de los humanos.


Entender un problema es seleccionar la información importante, procesarla y dejar de lado los detalles innecesarios. Es asociar lo relevante para crear una red de ideas y olvidar lo inútil, los hechos aislados. De nuevo, se trata de seleccionar y avanzar.


Esta capacidad de abstracción, de generar lenguaje y de entender la realidad, es lo que nos diferencia del resto de animales.


Ahora bien, con una capacidad de memoria perfecta y un lenguaje muy avanzado, ¿qué le falta a la Inteligencia Artificial para desarrollar una conciencia? Es una cuestión fundamental que se plantea la neurociencia actual.


Mi opinión la expuse en el capítulo 8 del libro La herencia del simio. Allí planteo que lo que le falta es la emoción, la emoción en el tiempo. La capacidad de experimentar y vivir con placer y con dolor a lo largo del tiempo.


Ese relato encarnado, esa historia de emociones a lo largo del tiempo, es lo que constituye nuestra identidad y que por ahora no tiene ningún robot, ningún otro animal ni el barco de Teseo .


martes, 25 de noviembre de 2025

UN ANIMAL QUE LLORA

 (Texto para A propósito del tiempo)

 

Somos la única especie que llora.

Otros animales, cuando se sienten vulnerables, gimen, se encogen, tiemblan, se esconden o buscan compañía. Pero ninguno explica su silencioso dolor dejando caer lágrimas por su mejilla.

Llorar es un extraño privilegio humano. Un gesto difícil de controlar que llega desde lo más hondo del cuerpo y nos desarma. Un gesto revelador de lo que somos: criaturas frágiles, sociales, necesitadas de los otros.

Las lágrimas emocionales no ayudan al cuerpo. No curan, no protegen, no regulan nada esencial. Su función es comunicativa.

La explicación evolutiva no es fácil de intuir, pero parece ser que las lágrimas eran un lubricante ocular. Como tantas veces ocurre en la evolución, un rasgo encontró un nuevo uso: se convirtió en una señal social imposible de ignorar y difícil de fingir. Llorar nos vuelve vulnerables; empaña la visión, nos debilita, nos muestra sin defensa. Esa vulnerabilidad es, precisamente, lo que las convierte en una señal honesta: “Estoy roto. No soy un peligro. Acógeme.”

 

Durante millones de años, en pequeños grupos tribales, llorar fue una invitación poderosa al cuidado. Una petición de ayuda, un aviso de que algo no va bien y necesitamos al otro para recomponernos. Quizá por eso, al ver llorar a alguien, y mucho más si se trata de un bebé o un menor, algo en nosotros responde de inmediato: el cuerpo se inclina, las manos se ablandan, la voz baja. La agresión se disuelve. La ventaja estaba en ser visto llorando.

Pero entonces surge una paradoja: ¿por qué lloramos a solas, cuando no hay nadie que pueda cuidarnos, ni consolar, ni interpretar la señal?

Una explicación es que el cerebro social no se apaga nunca. Incluso en soledad, seguimos simulando interacciones, repasando recuerdos, reviviendo escenas. Lloramos pensando en otro, aunque ese otro no esté. En cierto modo, no lloramos solos: lloramos acompañados por la memoria.

Además, el llanto regula la emoción. Activa el sistema parasimpático, baja la tensión, obliga a respirar de otra manera. No cura nada, pero deshace nudos. Es un reseteo silencioso, un pequeño derrumbe que permite volver a ponerse en pie.

Otra respuesta, más íntima, es que llorar es un ritual del tiempo. Un modo de marcar aquello que ya no volverá: un amor que se apaga, una ausencia que se hace definitiva, un tramo de vida que se cierra sin pedir permiso. Llorar es aceptar la pérdida y, con ella, el paso irreversible del tiempo. No es una debilidad: es una forma de lucidez. Una forma de decirnos a nosotros mismos que algo ha muerto… y que algo, lentamente, empieza a nacer.

Y por eso lloramos incluso cuando nadie nos ve. Para comprender que la angustia y el dolor también forman parte del relato. Que seguimos vivos. Que seguimos, a pesar de todo.

lunes, 17 de noviembre de 2025

HOMOSEXUALIDAD Y EVOLUCIÓN

 

La homosexualidad ha desconcertado durante décadas a biólogos y psicólogos evolucionistas. A primera vista parece un comportamiento difícil de explicar desde la lógica estricta de la selección natural. Sin embargo, múltiples hipótesis muestran que la diversidad sexual no es un “error evolutivo”, sino una manifestación compleja de estrategias antiguas, ventajas indirectas y efectos secundarios de rasgos adaptativos.

 

Entre las explicaciones más sólidas se encuentran:

La hipótesis de la inversión parental aumentada: individuos no reproductores que incrementan la supervivencia de la descendencia de sus parientes.

La selección sexual equilibrada: rasgos que aumentan la sensibilidad emocional y social, beneficiosos en muchos contextos, aunque no ligados directamente a la reproducción.

El efecto del hermano mayor: correlaciones prenatales que influyen en la orientación sin necesidad de “utilidad” adaptativa.

La hipótesis del cuidado cooperativo: estructuras sociales donde la crianza compartida mejora la supervivencia del grupo.

 

La presencia estable de la homosexualidad a lo largo de la historia humana y en múltiples culturas sugiere que no es un accidente, sino un componente legítimo de la diversidad humana. Lejos de debilitar al grupo, pudo haber contribuido a reforzarlo mediante redes de apoyo emocional, cooperación y sensibilidad social.

 

La diversidad sexual, en este sentido, no contradice la evolución: la enriquece.

Muestra que la selección natural no es una línea recta, sino un río con meandros imprevisibles, capaz de generar comportamientos complejos que a veces solo entendemos con el paso de generaciones.


jueves, 13 de noviembre de 2025

SEXUALIDAD, CULTURA Y BIOLOGÍA: UN EQUILIBRIO INESTABLE

 



La revolución sexual del siglo XX abrió un abanico de posibilidades desconocidas hasta entonces. La llegada de los anticonceptivos, el auge del feminismo, los movimientos contraculturales, el hipismo y, más tarde, toda una constelación de “ismos” libertarios ampliaron de manera extraordinaria el repertorio cultural del sexo y de las relaciones. Por primera vez en la historia, el sexo podía desligarse de la reproducción, y esa separación abrió la puerta a nuevas formas de deseo, de libertad y de experimentación. Surgieron comunidades alternativas, propuestas de amor libre, apuestas por la promiscuidad consensuada, modelos de crianza colectiva y proyectos que soñaban con reemplazar la estructura tradicional de la vida íntima. Parecía que la biología iba a quedar definitivamente subordinada a la cultura.


Sin embargo, aquella euforia de posibilidades no prosperó como muchos habían imaginado. Las comunas desaparecieron o se transformaron. Las parejas abiertas solo funcionan en minorías muy específicas. Los modelos tribales de crianza nunca cuajaron. La promiscuidad permanente agota emocionalmente. La mayoría de experimentos comunitarios derivaba en jerarquías, conflictos y celos… es decir, en biología humana.


Y no fue solo un fracaso estructural; también lo fue un fracaso práctico. Muchos proclamaron el fin de la familia tradicional, el fin de la monogamia, las comunas colectivas, la crianza grupal, la abolición del “amor burgués” y la superación de los celos. Pero la realidad siguió un camino distinto:


Los hippies proclamaron el amor libre… pero la mayoría acabó formando parejas.

Los revolucionarios defendieron la crianza colectiva… pero querían a sus hijos más que a los de la comuna.

Los modelos poligámicos generaron siempre tensiones entre los hombres excluidos.

Las parejas abiertas tienden a desestabilizarse con el tiempo.


La cultura abrió posibilidades, pero la biología fue imponiendo límites.


La familia siguió siendo el núcleo central de casi todas las sociedades, incluso de las más revolucionarias. Incluso allí donde el Estado trató de sustituirla —en Corea del Norte, en la URSS, en la China maoísta— esos intentos chocaron con la misma resistencia fundamental: la del vínculo primario entre padres e hijos. El Estado podía interferir en la propiedad, la religión o la economía, pero no podía abolir la necesidad de apego, de inversión parental ni de la cooperación íntima que exige criar a un ser humano. Y es que la familia no es solo una construcción cultural: es una unidad biológica de inversión parental profundamente arraigada en nuestra especie.


La misma tensión se observa en el amor de pareja. Por más que surgieran propuestas de amor libre, poliamor estable, relaciones comunitarias o sexualidades sin exclusividad, la mayor parte de la población continuó buscando vínculos duraderos y relativamente estables. El amor romántico cambió de forma, pero no de fondo. Las modas culturales pueden animar a ensayar alternativas, pero hay algo en nuestra biología —el apego, los celos, la cooperación parental, la necesidad de intimidad prolongada— que orienta a la mayoría hacia el formato de pareja. No es una imposición moral, sino un residuo de millones de años de evolución: criar a un bebé humano exige un modelo cooperativo, y esa presión dejó un rastro que ni las revoluciones culturales ni los movimientos libertarios han logrado borrar.


En este mismo periodo se ha producido, además, una ampliación significativa de las identidades y orientaciones sexuales visibles en el espacio público. Pero esta expansión no refleja un aumento biológico de la homosexualidad o la bisexualidad, sino una disminución del estigma. Lo que antes se ocultaba ahora puede nombrarse sin miedo. La diversidad ha estado siempre ahí; lo que cambia es la posibilidad de vivirla. Y, aun así, también en estas formas de diversidad se observa el mismo patrón: la mayoría de personas —independientemente de su orientación— buscan vínculos afectivos estables, proyectos de convivencia, compromisos duraderos. La diversidad crece, pero el esquema profundo de las relaciones humanas sigue mostrando regularidades.


Todo esto ha generado, en muchos, una cierta sensación de vértigo, un choque entre la velocidad de los cambios culturales y la lentitud de los mecanismos biológicos que estructuran nuestras emociones, deseos y vínculos. La cultura se ha acelerado como nunca; la biología, en cambio, sigue marcando el contorno de la senda por la que caminamos. Podemos ensancharla, decorarla, experimentar con nuevas formas, pero los muros que la delimitan son más antiguos que cualquier revolución.


Y quizá eso explique por qué, tras cada oleada de experimentación, tantos regresan a las mismas estructuras básicas: el amor de pareja, la familia, la necesidad de afecto estable. No por tradición ni por moral, sino porque esos patrones nos han permitido sobrevivir y criar durante cientos de miles de años. La cultura inventa posibilidades; la biología recuerda límites. Entre ambas fuerzas se mueve la historia del sexo y del amor en nuestra especie

Imagen generada por ChatGPT 

LOS BABY BOOMERS Y LA ILUSIÓN DEL AMOR

 



Imagen generada por ChatGPT. 




En Estados Unidos, y en buena parte de Occidente, se considera baby boomers a los nacidos entre 1946 y 1964, un período de incremento masivo de la natalidad posterior a la Segunda Guerra Mundial. En España, sin embargo, este fenómeno se retrasó unos años debido al desarrollo económico más tardío del país. Pero, con independencia de las fechas, esta generación puede caracterizarse por dos rasgos fundamentales.


El primero fue el crecimiento demográfico y el progreso económico que siguieron a la guerra. La mayoría de las sociedades occidentales prosperaron en un ambiente de estabilidad, mejoras materiales y, sobre todo, expectativas de futuro.


El segundo rasgo, quizá menos evidente pero decisivo, fue la irrupción del cine, la televisión y la publicidad. Los nacidos en la segunda mitad del siglo XX crecimos inmersos en un mundo de imágenes y relatos que exaltaban la idea del amor romántico como camino hacia la felicidad. Si el amor —desde una perspectiva evolutiva— es una estrategia biológica diseñada para tener la ilusión de ser feliz y cooperar en la costosa crianza de nuestra especie, la publicidad llevó esa ilusión a su máxima expresión, prometiéndonos un mundo de plenitud amorosa.


Cuando era adolescente descubrí que el principal tema de conversación entre los amigos giraba siempre en torno al sexo y a la búsqueda de pareja. Pronto comprendí, no sin cierta sorpresa, que aquel interés no era exclusivo de mi grupo: era universal, independientemente de los estudios, el trabajo o la clase social. Y también era el tema dominante del cine, la literatura y la música.


El cine, especialmente el de Hollywood, ofrecía modelos idealizados de belleza y éxito sentimental: héroes valientes y honestos que conquistaban a la mujer perfecta; mujeres radiantes que representaban la promesa de una felicidad definitiva. Los anuncios de perfumes, coches o champús reproducían esa misma fórmula: la conquista amorosa convertida en la recompensa suprema de la vida moderna.


Por primera vez, una generación entera —la de los baby boomers— creció bajo ese bombardeo simbólico. La biología había impreso en nuestro cerebro el impulso sexual continuo y la ilusión del amor como ideal supremo; la cultura de masas amplificó ambos hasta convertirlos en la promesa absoluta. A ello se sumó la llegada de los anticonceptivos, que desligaron el sexo de la reproducción y favorecieron la liberación de la mujer y el auge del feminismo; abrieron un espacio nuevo para el deseo, la libertad y también para la expansión de posibilidades y la confusión.


Aquella generación vivió, por tanto, una mezcla singular de idealismo romántico, liberación sexual y fe en el progreso. Nos educaron en la idea de que la generosidad en el esfuerzo conducía al éxito y a la prosperidad. No sé si la ficción y la publicidad se parecían realmente a la vida, pero aquella fue la narrativa que aprendimos.


Hoy, quizá, la historia se repite de otra forma. Las redes sociales, la pornografía en línea y la exposición masiva a contenidos visuales configuran una nueva ecología del deseo para los jóvenes centennials. Ellos también están siendo moldeados por un entorno simbólico incierto y sin precedentes, que redefine —como antes hizo la publicidad con los baby boomers— lo que entendemos por amor, por sexo y por felicidad.