La vida es una forma extraña de resistir. Los organismos vivos han conseguido temporalmente mantener su organización frente a la tendencia natural de la materia al desorden. Vivir es conservar durante un tiempo una estructura que inevitablemente acabará desapareciendo. En este sentido, la vida es una batalla que todos terminamos perdiendo. Una derrota termodinámica inevitable. Sin embargo, a lo largo de la evolución ocurrió algo extraordinario. Algunos organismos desarrollaron sistemas nerviosos capaces de recibir información del entorno, conservarla y utilizarla para modificar su comportamiento. Aprendieron a aproximarse a determinadas condiciones favorables y a evitar otras perjudiciales. La selección natural fue favoreciendo aquellos mecanismos que aumentaban las posibilidades de supervivencia y reproducción. Con el tiempo, en algunos animales, esos mecanismos se acompañaron de experiencias que reconocemos como placer, dolor, miedo o bienestar. Y aquí aparece una cuestión fascinante, ¿en qué momento de la evolución comenzó la materia viva a sentir? Un pequeño nemátodo puede detectar sustancias perjudiciales y alejarse de ellas, un robot aspirador también. Ambos procesan información y modifican su comportamiento. Pero hay una diferencia fundamental, el nemátodo pertenece a una historia evolutiva de organismos que necesitan mantenerse vivos, el robot no. Eso no demuestra que el nemátodo sienta, pero nos permite comprender que la información adquiere una dimensión particular cuando forma parte de los procesos que mantienen vivo un organismo. La inteligencia no debe confundirse necesariamente con la experiencia. Recuerdo una comparación que utilicé hace tiempo en ‘La herencia del simio’. Imaginemos una muñeca extraordinariamente sofisticada, capaz de hablar, aprender y reaccionar cuando alguien le tira del pelo. Podría quejarse, llorar, incluso recordar aquella experiencia para evitar que volviera a repetirse. Pero ¿sentiría dolor? Cuando mi hija era pequeña y yo la peinaba después del baño, se quejaba si el peine le daba un tirón. Aquella reacción no era simplemente una respuesta programada. Era la manifestación de una experiencia corporal que reconocemos porque compartimos una misma naturaleza biológica. La diferencia no está necesariamente en lo que podemos observar desde fuera, sino en lo que ocurre dentro en esa sensación que da valor a lo que está ocurriendo. En los seres humanos, esas experiencias no quedan aisladas. Las vamos entrelazando en una historia. La conciencia humana no es solo sentir en el presente, sino recordar, interpretar y anticipar. Y es precisamente esa capacidad de anticipación la que introduce un elemento decisivo: sabemos que vamos a morir. En algún momento de nuestra evolución dejamos de limitarnos a reaccionar ante lo inmediato y empezamos a comprender que nuestro cuerpo tiene un final. Ahí la conciencia adquiere una dimensión nueva y profundamente inquietante. Ya no sólo sentimos placer o dolor, sino que esos sentimientos se organizan en una historia cuyo desenlace conocemos. Vivimos sabiendo que la historia terminará. Quizá por eso la conciencia humana no es solo un mecanismo de supervivencia, sino también una fuente constante de preguntas sobre el sentido de la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario