Camino solo frente al mar, con la memoria a cuestas. El pasado continúa hablándome en voz baja desde algún lugar del tiempo. Viejas canciones se encargan de abrir las puertas de recuerdos ya difuminados.
No fui un buen explorador. O quizá sí lo fui, pero solo hacia dentro. Me faltaba atrevimiento y quizá por eso nunca conquisté nada verdaderamente relevante. Fui tierno demasiado tiempo, tierno en todos los sentidos: inmaduro, poco hecho, todavía iluso cuando otros ya habían aprendido a endurecerse. Tal vez por eso fui un hombre sin fortuna, sin riquezas, excesivo solo por dentro. Demasiado inocente. Demasiado preocupado por hacer daño o por estropear cualquier territorio conquistado. Demasiado pendiente de cualquier señal de abatimiento. Miedoso incluso de no preservar una reputación impecable.
Quise seguir el camino recto y digno que marcaban aquellos héroes de cine que llenaron buena parte de mis ideales. Sueños ambiciosos que siempre permanecían en el horizonte, ese lugar lejano que nunca llega a tocarse. Aún no había comprendido que los horizontes se alejan a medida que uno se acerca a ellos, sostenido siempre por la esperanza absurda de que algún día terminará llegando algo parecido a la plenitud. Ya estoy en la edad en que ciertas ilusiones dejan de verse como proyectos pendientes y empiezan a parecer territorios con el futuro cerrado.
Camino solo frente al mar, con la memoria a cuestas. El pasado continúa hablándome en voz baja desde algún lugar del tiempo. Viejas canciones se encargan de abrir las puertas de recuerdos ya difuminados.