sábado, 28 de marzo de 2020

INCERTIDUMBRE



28 de marzo. Día 15 de confinamiento. Cada día celebro que me encuentro bien, más o menos. Celebro que no tengo fiebre, que respiro bien y que todavía percibo, cada mañana, el olor del café y el sabor de las magdalenas. Al menos, soy asintomático.
Los medios de comunicación y las redes sociales están repletos de virus que se replican sin descanso. Se multiplican los contagiados y los estúpidos. Hay enfermos y muertos en los pasillos de los hospitales. Hay auténticos héroes que salen a trabajar cada día, algunos por sueldos muy humildes. Y hay ignorantes que ladran en los platós y en las redes sociales, que encuentran la solución a todo aunque no se han enterado nunca de nada, hacen pronósticos sobre el apocalipsis y reparten lecciones sin saber nada.
Creo que la biotecnología acabará superando esta insólita tragedia pero lo único cierto es la incertidumbre de la situación. Nadie sabe cómo y cuándo acabará esta pandemia. No soy de los que piensa que tras el coronavirus vendrán tiempos de concordia y de desbordante generosidad entre los seres humanos, no creo que nos abracemos y nos besemos en medio de la calle mostrando una fraternidad universal. Más bien los cuchillos se afilarán y nos esperan reproches y caos en medio de la nueva crisis, aunque las conductas heroicas y las estúpidamente irresponsables deberían airearse y quedar expuestas claramente bajo el nuevo sol que nos espera.
De momento, pienso en volver a escuchar la música que ahora escucho, pero frente al mar; volver a saborear una buena paella junto a mi familia hecha por mi madre; volver a cenar en una terraza estival con mi mujer y mis hijos. En bañarme en una piscina tranquila mientras mis hijos aparecen con el pelo mojado a escasos centímetros de mis ojos.
De mis auriculares suena música que me acaba de transportar a viejos sueños y que me recuerdan el entusiasmo y la pasión con que buscaba la belleza absoluta.
Voy a secarme las lágrimas y a despertar a mis hijos. Tengo ganas de oler su aliento. De notarlo desde muy cerca, de ver sus ojos que regresan de un plácido sueño.
Voy a olvidar que por ahora, navegamos en un barco que lleva un rumbo incierto.

martes, 17 de marzo de 2020

EL MES DEL CORONAVIRUS


17 de marzo de 2020, cuarto día de confinamiento. No puedo evitar escribir sobre el coronavirus, el asunto que todo lo abarca. Un escenario sin precedentes, todo el planeta paralizado.

Me cuesta asomarme al televisor. Expertos de todos los colores dan lecciones de responsabilidad y vaticinan todo tipo de futuros, pero nadie sabe lo que ocurrirá dentro de unos días. La Unidad Militar de Emergencias desintoxicando las calles desiertas de Valencia. La vida social de Occidente congelada, las consecuencias económicas incalculables, aunque lo que ahora importa es la incertidumbre sanitaria.

En casa procuro proteger a mis hijos de la angustia, mi misión es que permanezcan ajenos a cualquier preocupación. Mi mujer trabaja en el sector sanitario, pero mis hijos y yo tenemos tiempo. Ayer mi hija me ayudó a montar una vieja batería electrónica mientras mi hijo corría en la terraza detrás de una pelota inventando ruletas, rabonas, y toda clase de recursos futboleros. Tenemos tiempo y voy a darles sus primeras clases de piano y batería. Tenemos tiempo y celebro continuamente la alegría de vivir junto a ellos, los beso y los abrazo aún más de lo que lo hacía, que era mucho.

Sin embargo, cuando estoy solo, confieso que estoy aturdido. Sí, ya sé que los conflictos son inevitables, pero también  solucionables, y uno ya ha visto muchas cosas, muchos cisnes negros, ¿pero, esto?

De cualquier forma, soy optimista y confío en la capacidad de la biotecnología para detener a este maldito virus, y creo que es el progreso del conocimiento básico, la ciencia pura, el mejor escudo que tenemos frente a ésta y otras posibles amenazas futuras, como la resistencia bacteriana frente a los antibióticos. De momento, nadie sabe cuándo se podrá restablecer una mínima normalidad, esa rutina que nunca se valora cuando se tiene, esa libertad que ahora sí tenemos limitada. De esta crisis podemos aprender a poner en valor la importancia del bienestar y progreso alcanzado en el siglo XXI. Así que mientras te lavas las manos frente al espejo, pregúntate: ¿Cuándo podré pasear por el parque, cenar en una terraza, salir a la calle y sonreír junto a mis seres queridos? Esa es la cuestión. Lo que importa.

miércoles, 26 de febrero de 2020

DIVULGACIÓN CIENTÍFICA

Empecé a interesarme por la ciencia hace varias décadas, gracias a los libros de Isaac Asimov o de Carl Sagan (también su conocida serie de televisión Cosmos). Acercar la ciencia al gran público, hacerla entretenida y fácil para los demás, contribuye, creo, a mejorar los valores de los ciudadanos, y por tanto favorecer el progreso y el bienestar de la sociedad. Hacer que la cultura científica constituya un componente de la felicidad para alguien es una importante tarea, tanto  para exitosos divulgadores científicos como para humildes profesores.
Poco sentido tendría que lo que ocurre en los laboratorios o lo que se discute en los principales foros científicos se quedara allí
La psicología evolucionista, las neurociencias, la biotecnología o la genética han sido los temas que siempre busqué para entender las claves del comportamiento del ser humano. ¿Por qué somos como somos? Ésta es la cuestión para encontrar sentido a la vida, si es que lo tiene. Desde hace un tiempo, es la física teórica la que ocupa el centro de mis lecturas. Unas gafas nuevas y adecuadas para apreciar la belleza del mundo. Desentrañar los misterios del universo, buscar lo absoluto, si es que eso es posible.

“Siete breves lecciones de física”, “El orden del tiempo”, “La realidad no es lo que parece”, “¿Y si el tiempo no existiese?” Estos son los sugerentes títulos de un excelente divulgador italiano, Carlo Rovelli, que han ocupado los últimos momentos de cada noche desde hace unos meses. 

Para completar mi selección, añado este otro: "La termodinámica de la vida, de Eric D. Schneider y  Dorion Sagan. 



lunes, 20 de enero de 2020

MOMENTOS DE ORO, ORO PURO.


A partir de cierta edad, conviene tener claro que los momentos placenteros hay que subrayarlos. Puede que haya que intentar buscarlos y saborearlos cada semana.

Despertarme una mañana de sábado junto a mis hijos en la misma cama, sin prisas, con sonrisas.
Caminar junto al mar en soledad, con música en los auriculares que me ayudan a recorrer libremente por mi pasado. Nada como la música y la soledad para fundir la memoria y el tiempo.
Pasear por un parque tranquilo un día gris de invierno.
Ver correr a mi hijo con un balón pegado a sus pies, practicando regates traviesos y atrevidos.
Escuchar las risotadas gruesas y redondas de mi hija después de una de sus típicas e inocentes bromas.

Momentos de oro, de oro puro.