Desde hace algunos siglos, el hombre ha intentado comprender el ser humano sin tener apenas en cuenta el animal humano. Dominados por un dualismo integrado en nuestro sistema cognitivo, tendemos a separar claramente el cuerpo del alma. Así, los médicos se ocuparon de los huesos y las vísceras y de las complejidades del alma humana lo hicieron la psicología, la historia, la economía, la sociología, la teología o la filosofía, entre otras disciplinas. Desde diferentes ángulos intentaron tantear el comportamiento humano dejando de lado su lado carnal.
Tener en cuenta nuestra condición animal, nuestro origen simio; aceptar que
también el conocimiento, el lenguaje o la razón tienen un origen evolutivo.
Tener presente que nuestro cerebro está diseñado para gestionar de la mejor
manera nuestro cuerpo, y que su empeño por sobrevivir le anima a seguir, a
menudo, impulsos irrefrenables que, solo a posteriori, intenta racionalizar. Compartimos
con los animales mucho más que un diseño estructural; nuestras necesidades son
las mismas y nuestro origen también. Nuestra condición de animal está presente
en nuestra compleja actividad, y por esto conviene tenerla en cuenta en
cualquier estudio sobre el hombre.
Si a esto añadimos el importante impulso de las neurociencias en el
presente siglo, que ha llevado a desterrar de nuestra condición alguna de
nuestras más arraigadas ilusiones como, precisamente, nuestra mente dualista, entenderemos
el surgimiento del prefijo neuro en diversas disciplinas de humanidades que
estuvieron lejos de la ciencia.
Desentrañar la complicadísima maquinaria bioquímica de nuestro cerebro, no
olvidar nuestra condición animal que nos emparenta con los demás animales,
especialmente con los primates, son necesarias para hacer que el humano sea más
comprensible, que no más razonable.

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