lunes, 17 de noviembre de 2014

MADRE

No existe una relación más contundente, incondicional y necesaria que el amor recíproco entre una madre y su hijo; y no sé si el futuro será capaz de prescindir de su papel como ama de casa en su sentido más absoluto.
Sin importar su oficio o su status social, la madre es la que encuentra el jarabe apropiado o el termómetro, la que sabe donde se encuentran los zapatos o el azúcar. La que primero oye el sollozo en medio de la noche y acude a ofrecer consuelo y a calmar el miedo con la ternura de un beso. La que derrocha generosidad y esfuerzo cuando la necesitamos sin pedir explicaciones ni esperar recompensa alguna. La que nos defendió a pesar de nuestros errores y sirvió de refugio ante nuestras derrotas. La que tantas veces nos dobló las camisas en la maleta en nuestros innumerables viajes y nos esperó con el abrazo más sincero y abierto. Nuestros gustos al comer se forjaron con sus excelentes guisos, que son una muestra más de su autentica sabiduría. A ella acudimos si nuestro estado de ánimo decae, si le hace falta un arreglo al pantalón, si hay que quitar alguna mancha o si se ha estropeado el frigorífico.


Será que la naturaleza les ha dotado con pocos óvulos y poca capacidad para generar una prole numerosa que les ha proporcionado una capacidad para cuidar con un amor infinito a su descendencia. El estilo y la paciencia con que nos entendió y nos ofreció su cariño son diferentes a lo que ofrece el género masculino. Y por esto la admiración y la defensa que la mayoría de los hombres muestran hacia su madre. Y por esto hay pocos conflictos más desgarradores que los que provocan el distanciamiento sentimental con ella. Y por esto, a la mayoría de humanos nos suele molestar tanto que alguien cuestione la dignidad y el respeto que merece la madre que nos parió. 

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